
Los días pasan y la noticia sigue permeando en todo el mundo: Ozzy Osbourne se fue, pero su legado seguirá… aunque no estoy seguro de por cuánto tiempo.
En esta ocasión no vengo a contarles sobre su infancia en Birmingham, sus precariedades, miedos, hermanos o sueños. Todos los que escucharon su música saben perfectamente los detalles que conforman la vida del Príncipe de las Tinieblas.
Sin embargo, hay aspectos que vale la pena mencionar si queremos intentar un análisis de lo que viene después de Ozzy. Y no me refiero a su herencia o a si explotarán sus canciones o sencillos inéditos, sino a lo que culturalmente significa la desaparición de uno de los íconos musicales más importantes de, al menos, tres generaciones completas.
Es bien sabido que Black Sabbath es considerada la primera banda de heavy metal propiamente dicha, aunque Blue Cheer ya experimentaba con sonidos similares. Sin embargo, no se trata de quién lo hizo primero, sino de quién lo hizo mejor… y quién tuvo lo necesario para inmortalizarlo.
Metallica, Slayer, Soundgarden, Mötley Crüe —y las que se sumen— inevitablemente nos remiten a Sabbath, que marcó el inicio de una era dorada para el metal. Sexo, drogas y rock and roll, sí… pero también el “pánico satánico”. Hasta la fecha, se sigue creyendo que fue una banda con vínculos satánicos, todo impulsado por la mercadotecnia que decidieron adoptar (aunque, claro, lo de las drogas sí era completamente cierto).
Ozzy, ya fuera con Tony, Bill y Geezer, o de la mano con Randy, fue un ícono desde los años setenta, forjando una enorme fanaticada alrededor del mundo. Esta afirmación es literal: Asia, América, Europa y Oceanía… unas 175 ciudades, siendo muy conservadores con el conteo.
Sin temor a equivocarme, en cada plática, discusión o mención relacionada con el metal, debe aparecer su nombre. Ya sea por los nuevos lanzamientos, los clásicos, el Ozzfest, o simplemente por todas las anécdotas que cimentaron la idea de lo que significa ser un “rockstar”. Y en su caso particular, lo que es ser un ser oscuro que arranca la cabeza de murciélagos o palomas… y que aspira líneas de hormigas.
Con todos estos elementos, se construyó una ideología sociocultural que giró durante décadas alrededor de Ozzy Osbourne, sosteniendo a todo un género. Aunque su primer retiro fue en 1992, él —y su público— sabían que no sería definitivo. Cada movimiento, canción o aparición era seguida de cerca por múltiples sectores que lo tomaban como ejemplo.
Después de su “funeral en vida”, que duró más de nueve horas, deja un vacío generacional y musical imposible de igualar. Y pensemos: ¿quién puede llegar a ser un ícono como él? Hay nombres, claro: James Hetfield, Rob Halford, Robert Plant, Klaus Meine… y suma a quienes tú creas que deben estar aquí. Todos grandes músicos, y en su mayoría, grandes personas. Sin embargo, cada uno hizo historia a su manera, y son leyendas por eso mismo.
En conclusión, todos estamos tristes por la muerte de nuestro Príncipe de las Tinieblas. Su legado quedará en la memoria de quienes pudimos escucharlo, y en la de algunos afortunados que incluso lo vieron en vivo. El gran problema es que nos estamos quedando sin ídolos del género. Los últimos grandes nombres surgieron en los 2000: Avenged Sevenfold, Sabaton, Lamb of God, Deftones, entre otras, siguen su camino… Tenemos metal, sí, pero, ¿por cuánto tiempo más?